lunes, 16 de junio de 2008

Y LA HISTORIA PROSIGUE

Hace poco hablamos de la reforma y el papado romano. Hoy damos un vistazo a la historia.Las profecías se cumplen; si observamos los sucesos que van marcando el devenir diario y los relacionamos correctamante con lo revelado, podremos decir que sí, que aquella herida que un poder recibió ha sido sanada.Por supuesto, en cumplimiento de la profecía.
Formando parte de la recuperación de ese poder que una vez fue perseguidor, han sido hechos esfuerzos de relaciones públicas considerables, a la vez que redactado de documentos para reescribir la historia a conveniencias
El Poder que persiguió a tantos, durante siglos, especialmente durante la Edad Media, ha sido reconocido de una forma sorprendente. El papa Juan Pablo II publicó una "disculpa" en un documento donde expresa, además, la necesidad de un perdón mutuo, bilateral. Dice que las persecuciones fueron obra de personas llevadas de un celo excesivo, siendo que esas personas eran profesantes católico-romanos. Pero que no estaban representando al "magisterio" de la iglesia, de modo que esas personas deben ser repudiadas. De manera que el citado documento, dice de forma clara que la iglesia no hizo nada malo, porque es perfecta al igual que Cristo, y en consecuencia es incapaz de cometer errores.
Pocos años después, Roma hizo público un nuevo documento papal titulado "Dies Domini", el día del Señor; aquí se presenta de forma metódica toda su teología base para la adoración en domingo. Llama poderosamente la atención de los conocedores de la Palabra de Dios, el hecho de que tanto los textos como la lógica vertida en ese documento, para fomentar la adoración dominical, son los que en la Biblia ordenan la observancia del día sábado. Usando la maravillosa realidad de la resurrección, el documentor intenta transferir al domingo la orden del cuarto mandamiento a observar el día sábado. Es obvio que no existe ningún mandato divino para descartar y poner a un lado el mandato de Dios. El documento, además, reconoce el origen pagano del domingo. Causa impresión leer el reconocimiento de que aun no habiendo un mandato directo de parte del Señor, la iglesia sintió que tenía "autoridad"para efectuar el cambio del día ordenado por Dios, desde la Creación, al domingo.
Es el más claro cumplimiento de lo profetizado en el libro del profeta Daniel, cap.7, ver.25.

jueves, 12 de junio de 2008

EN EL SIGLO XVI, LA REFORMA Y LAS PROFECÍAS...

La Reforma produjo un interés sin paralelo en las profecías de Daniel y Apocalipsis. Este interés está relacionado con la rápida difusión de materiales de estudio, comunicación y conocimiento que permitió el desarrollo de la imprenta. El conocimiento fue en aumento, como realmente había predicho Daniel. Y prácticamente casi todos los reformadores identificaron al poder del cuerno pequeño, que surgió de los diez elementos del Imperio Romano, como la institución del papado. Pues sí, históricamente el papado encaja en el boceto histórico de Daniel capítulo 2 y más aun en el del capítulo 7.
Daniel 7 adelantó que este poder "hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la ley" (ver. 25). Para aquellos reformadores, la conclusión era inevitable y clara: Ese poder era el papado. Un, siquiera sea elemental, estudio de la historia presenta que el obispo de Roma, o sea el papado, es el directo e inmediato eslabón con aquella Roma imperial, temporal y secular. A la vez, un repaso de sus actitudes y actividades hasta el tiempo de la Reforma protestante, muestra cómo realmente ejerció un poder perseguidor, intolerante y, con harta frecuencia, muy abusivo con quienes disentían de su carácter y forma de gobierno de la iglesia.
Naturalmente, la institución romana tuvo la necesidad de contrarrestar la divulgación de la percepción protestante de su encaje en la profecía; de ahí la Contrarreforma, cuya acción más relevante fue, y sigue siendo para tantos, la introducción de que las profecías pertenecían al futuro, a un momento no revelado pero muy cercano al fin de los tiempos, poco antes de la segunda venida de Cristo. Este concepto arraigó de tal manera que, aun hoy, está presente en las creencias de muchas denominaciones cristianas.